AY…. Ese Amor por los Zapatos


Los zapatos de mi vida conviven hacinados y apretados. No sé por qué tengo tantos si sólo tengo dos pies. Comienzan el año ordenados; los más caros, que llevan nombre y apellido,  permanecen recluidos en sus cajas de plástico o cartón. No es por castigo, les digo, es por pura protección. Los demás ocupan su posición en las tablillas, como soldados en espera de ser llamados.

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El Closet

Ya cuando llega diciembre el closet se alborota y los zapatos despiden el año atropellados. Bailan salsa y lambada en un jolgorio disparejo en el que la señora sandalia se empata con el señor pump y la señorita bota ejerce su maña de senior para acabar enredada con el señor tacón.

No puedo explicar por qué los zapatos me gustan tanto, aunque a veces creo que es porque lo único bonito que tengo en este cuerpo son los pies. Tengo una teoría personal a la que siempre me he abrazado: no hay pena más grande, dolor más hiriente, tristeza más lacerante y depresión más horrible que no desaparezca cuando al mirar hacia abajo encontramos nuestros pies vestidos con un maravilloso par de zapatos.

Ni siquiera el cansancio de un largo día de trabajo se resiste a la trepadera en unos finísimos tacos, ya sean plataformas, estiletos o unas espectaculares sandalias. Debe ser que necesitamos, además de pisar firme, pisar con un fabuloso calzado. A mí por lo menos me revive el alma cuando en medio de una tediosa reunión miro con cualquier excusa por debajo de la mesa y veo mis piernas, largas y flacas, finalizar en un pump lujurioso y de marca. El corazón me regresa a su espacio, punto y se acabó.

Desconozco por qué teniendo tantos zapatos, siento que me hacen falta muchos más. La vitrina de las tiendas me hala como por fuerza de un imán. Entonces los veo, me derrito, los acaricio y no resisto la tentación de probármelos. Una vez puestos ya me jodí. Comienzo a convencerme mentalmente de que es imprescindible para mi existencia tener ese par de plataformas gris, esas alpargatas tan perfectas para el diario, esas sandalias negras recamadas en piedras que serían mis quincuagésimas…. ¿cómo sobrevivo en estos tiempos sin ese modelito forrado en animal print?

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Mi único problema en materia de zapatos es que cuando me da el azote, me enamoro y me los compro, les doy una pela hasta el desgaste. Dios sabe que intento ponerme cualquier otro, pero inevitablemente me engancho los nuevos. Así me pasó en Nueva York con unos pumps en suede color hueso que eran para aquel entonces una sensación. El maltrato fue tal que una noche, al salir del periódico en el que trabajaba y en pleno Village, uno de los tacos se partió. Caminé hasta mi casa chueca, con un pie normal y el otro en punta, lo que me ocasionó casi un desgarre muscular.

He sabido caminar descalza en un fanguero con tal de no ver perecer embarrados mis zapatitos nuevos. Tengo especial cariño por unas sandalias que me regaló Gisselle, de esas que tienen una L y una V por iniciales. Jamás las copiaron. Su estilo de bandas sesgadas de cuero encontradas en chapas doradas seguramente era muy complicado para piratear. ¡Yes!!! Me las puse para un festival de radio, de esos que celebran en unos predios gigantescos y en los que por camerino se utiliza una fila completa de trailers. Allí estaba yo, con un cantante español, esperando su turno, cuando se desató tremendo aguacero. El caldo espeso de tierra y agua era inevitable, casi cubría el último escalón de la bajada. Y ese era la antesala. Lo que había después me recordó imágenes de un festival rockero que terminó con público y artistas cubiertos hasta la coronilla de barro.

El turno del artista llegó. Me incliné delicadamente y me desamarré mis sandalias. “¿Qué haces?”, me preguntó. “No es negociable”, le dije. “O voy descalza o no voy”. Caminé por aquel charquero embadurnada hasta los tobillos. “Asco total”, decía en mis adentros. Pero lo único que me animaba era saber que en mi bolso, sequitas y seguras, estaban mis sandalias.

Tengo guardados como tesoros unas mulas forradas en seda negra completamente bordadas en canutillos que ya tuvieron su quinceañero. Eso lo aprendí de una actriz que por zapatos lleva unas piezas de colección dignas de exhibirse en un museo.

“Nenaaaaa, pero qué cósa tan bellaaaaaa. ¿De dónde son?”, le cuestiono sin reparos.

“Pues tienen veinte años, los compré cuando estaba haciendo mi tercera novela”.

Desde entonces no hay manera de que me deshaga de mis zapatos. Los guardo por años, especialmente porque una de mis hijas es tan zapato-freak como la madre que la parió. Cuando era pequeña, como de unos seis años, y se colocaba en una banquetita para treparse en unas tacas, me reía y le decía :

“Tranquila, hija mía, que todo lo que ves ahí será tu herencia”.

Quizás por eso aprendió caminar desde chiquitita encaramada en cuatro pulgadas. Lo hace derechita, no como yo, que por más que intento voy como encorvada.

Pero voy… y camino con mis pies planos luciendo un arco esculpido a fuerza del tacón de mis zapatos. Es que en mi época no había remedios para los que nacíamos sin arco. Lo que sí había eran unos horripilantes ganchos para enderezarte las piernas, que de una vez  te destorcían cualquier futuro dudoso que te esperara en la vida. Aquellas antipáticas varetas se ajustaban de la cadera, bajaban por las piernas y terminaban en un espantoso bodrogón negruzco y con suela de dos pulgadas. Yo me quedaba eleta mirando ese aparato en los niños que lo llevaban y caminaba pendiente a que mis rodillas miraran hacia el frente para que las piernas no se me viraran.

De sólo pensar en los bodrogos negros el culo me abandonaba, pensando no tan sólo en que eran tan feos sino en que mi madre, con tal de enderezarme, los hubiera mandado a hacer de cuerpo entero.

Creo que huyendo de los  bodrogos, me apasioné con los zapatos.

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