Back To School, cuando los niños vuelven a sus clases…


 

Back To School, cuando los niños vuelven a sus clases… y nosotros descansamos?

El olor a crayola, a papel de libreta y a lonchera es casi orgásmico. He esperado dos largos meses para darme el gusto de aspirar ese aroma luego de que mis cuatro hijos se dedicaran a joder y joder en sus vacaciones de verano.

Ese primer día escolar de cada año mi marido y yo nos levantamos tempranísimo para, en complicidad matrimonial, disfrutarnos ese regreso a clases que aunque nos someterá a corredera y sufrimiento en las mañanas, nos permitirá ocho horas de tranquilidad. En su caso no tendrá el celular timbrando a cada momento con el acostumbrado pá, pá, pá….por mi parte ya no trabajaré más ni escribiré mis Cuarentaytantos con Hanna Montana detrás, los Jonas Brothers canturreando y tampoco escucharé el má, má, má.

Hay un detalle que nos une como marido y mujer en un placer extraño e inexplicable: la nevera. Ya no habrá que correr al supermercado casi a diario porque se tragaron el jugo, las galletas, el queso y el pan que se compran en cantidades industriales y casi no alcanzan tres días de vida en mi hogar. Tampoco habrá que pararse frente a la nevera, que ya va pareciendo un triste avechucho, con las manos extendidas hacia los lados mientras gritamos, “¡Basta, basta ya!”

Casi vamos al colegio ese primer día con las batuteras, tiruriru riruriru riru uap ah, riru uap ah, riru raaaaaaaa…..con hombres que tragan fuego, mujeres que se  doblan y desdoblan. Nos deleitamos con la textura crujiente del uniforme nuevo, los lápices por primera vez afilados, el brillo de los zapatos, en fin, que como diría Enrique Iglesias,  es casi  “una experiencia religiosa”.

En nuestro corazón sabemos que podremos dormir un poco más normalmente y que no nos levantaremos para azotarnos con el panorama del fregadero anoche limpio y de mañana lleno, repleto de candungos con rastros de ensaladas y pimientos y vasos de cristal en los que sobreviven aún  pequeñísimos trozos de hielo.

Los espero por la tarde con alegría. Sé que vienen muertos de cansancio, así que mayor alegría siento. Los abrazo y los lleno de besos antes de que comience el relato de ese primer, esperado, hermoso y fantástico día.  Poco antes hubo un preámbulo, es Antonella, la mayor, ahora estudiante de cuarto año, que me envía un mensaje de texto:

– Mamá, ¿fulano, sutano, mengano y perenceja pueden ir a casa a comer pizza y estar un ratito en la terraza?

– No hija -, le tecleteo de vuelta, – hoy es lunes, o sea, día de semana.

Pasan quince minutos y vuelve:

– Mamá, pero es que hay que celebrar el primer día.

– Hija- , le contesto, – no insistas, tú celebras el primero, el segundo, el tercero y hasta el quincuagésimo día.

Pasan quince minutos más y jode de nuevo:

– Mamá, ¿qué haces?

– Pues aquí mi amor, tomando el té con galletitas mientras me dan un masaje, pedicura y manicura, me echan fresco dos hombres con pencas de palma y una encantadora mujer me lee la más reciente Vanidades.

¿Qué se supone que le conteste? Pues aquí como una cabrona, sudando y trabajando, haciendo dos reportes, desarrollando un plan de mercadeo, cuadrando un par de planes de medios, lavando ropa, pasando mapo, cocinando para que cuando lleguen tengan algo para comer. Esta es la realidad, pero sé que la anterior es mucho más bonita, así que ahí está.

Los espero con alegría para escuchar todos sus cuentos. Los abrazo y los lleno de besos según van entrando, uno a uno. Entonces entra Antonella:

– Mamá, queríamos tener un first day celebration pero pichea Mamá pichea… y mira, mañana tienes que terminar de pagar la sortija y  seiscientos veinte pesos de fees por las clases electivas.

– Okey hija, sólo espero que no sean clases de educación física y que la sortijita te la enganches hasta que seas una profesional en recuerdo de lo mucho que se jodieron tu papá y tu mamá… ah, y que la usen tus hijas por favor.

– Mami -, me dice Lorena,  – ¿puedo ir a Texas?

– Claro mi amor, ¿te llevo ahora un momentito?

– Mamá please, it’s not fun.

– It is not – , le digo yo.

– Mira -, continúa la niña,  – que mañana tienes que pagar quinientos noventa pesos de fees por las clases electivas y necesito una calculadora para mátemática que cuesta ciento veintinueve en tal tienda pero en tal otra está como a cuatro pesos menos.

La cara se me tensa, el rostro se me estira hacia atrás como si estuviera estrenando face lift. Intento que mi voz suene normal pero lo que me sale por la garganta es un gemido ronco y apagado.

– Okey hija mía, tendrás tu calculadora, supongo que estudiarás para arquitecta, bioquímica o ingeniera, porque si compro la calculadorita esa y me vienes con que vas a estudiar Humanidades o Ciencias Sociales me va a dar sendo patatú. Pero nada, te la compro y le pones el nombre bien grande y como la botes me vas a escuchar la lengua, a ver si el aparatito ese dura para que lo herede uno de tus hermanos.

Entonces atraviesan por la puerta mis gemelos debutantes del cuarto grado. Están sudados como perros, tal parece que fueron de rodillitas limpiando la cancha del colegio, el pelo lo tienen como pegado, asqueroso. Pero se ven bellos, bien bellos.

– Mamá -, me dice Antonio mientras me da un abrazo, – ya sé lo que quiero de Navidad.

– ¿Tan temprano, nene?

– Sí, sí, quiero un IPhone 3G.

– ¿Un quéeee? -, alcanzo a preguntarle con temblorosa garganta.

– Un IPhone 3G, Mamá, tres giga.

– ¿Ah sí? Sí hijo, tres garajos.

Y Lorenzo, que es un radar y todo lo pregunta, grita desde la marquesina:

– ¿Y qué son tres garajos? Parece una mala palabra Mamá, de las que van con la mala señal.

No puedo evitar la risa. O me río o me muero ahí mismo.

– Mamá -, me dice Lorenzo, – pues yo quiero también un teléfono y una laptop.

– ¿Ah sí? Qué bien hijo mío, un puñéfono y una fucktop.

– Mamáaaaa, the F word, la dijiste….

– ¡Ay santo!. Es que se me confundió con tanta palabra en inglés hijo, sorry.

– ¿Y qué vamos a comer? -, me pregunta uno de los varones.

– Oooookeyyyyy -, espepito gritando.

Las grandes pitan pá’ rriba, pá’ sus cuartos. Las detengo a media escalera.

– Bajen A H O R A y se sientan ahí los C U A T R O.

Se aprietan en el sofá. Tienen caras de here she goes again y nos jodimos ahora que viene la cantaleta.

– Escúchenme bien a ver si nos entendemos. Look at me, look at me. Me suspenden la pedidera que hay muchos niños en el mundo….

– Muriéndose de hambre, Mami -, interrumpe Lorenzo.

– Y bastantes jovencitas sin posibilidades…

– Ya, ya, Mamá pichea de estudiar -, sentencia Antonella.

– Pues sí, eso mismo. Así que ustedes dos jovencitas a ver si se andan derechitas con los estudios y echan una manita en la casa. A ver si me entienden bien, que van a tener que casarse con maridos ricos o potencialmente ricos para que sus hijos puedan tener las calculadoras esas y pagar los fees esos y que ustedes tengan un  par de sirvientas, coño, que al paso que van vagoneteando las van a necesitar. ¿Okey? Y me recogen los cuartos inmediatamente, no quiero ni un pelo en el piso, ni una molécula de polvo encima de los gaveteros y no me llamen tanto durante el día que estoy trabajando, coño, ¿o será que una comunicadora como yo tiene problemas de comunicación? Los mil y pico de dólares de  fees más lo de la calculadora y todo lo demás se lo dicen a Papi cuando llegue. Y ustedes dos se preparan, que lo que les va a traer la Navidad son los braces, que bastante caros que son, mira y que un IPhone, ¿pero tú sabes a que edad yo tuve mi primer celular? A los 30 nene, a los 30.

– Porque no existían Mamá -, me contesta Antonio.

– ¡Mira carajo! Y que quede algo bien clarito, ustedes dos tienen que estudiar carreras que les dejen muchos pero que muuuuuuchos chavitos”, (imagino la voz de mi marido diciéndome “Uka, porrrr favorrrrrr”).

– ¿Para qué Mamá?

– Pues para que cuando yo sea una vieja estropeá, cagá y meá y sus hermanas me dejen al garete y sus mujeres tengan que limpiarme el culo…por lo menos tengan una buena tarjeta B L A C K para rajar después en las tiendas mientras se cagan en el cabrón marido y  en la vieja esa que los parió, que soy yo.

Se levantan en fila india, van subiendo las escaleras. Hablo bajito, pero me escuchan cuando digo que “prefiero que sea verano y que se coman hasta la puerta de la nevera con todo y handles, coño”.

Ellos también hablan bajito, pero no puedo evitar escucharlos:

– Shhhhh -, le dice una de las nenas a sus hermanos.

Y escucho la bocota de Lorenzo otra vez:

– Es que Mami está estresada.

Uka Green,  Cincuentaytantos

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