Cincuenta y seis | Uka Green


Hace cincuenta y seis años me parió mi madre. Aterricé en este mundo al revés, porque una caída por una escalinata de la universidad me giró completamente en su vientre. Así que nací de pié, en un parto doloroso en el que decidí pisar el mundo primero y tantearlo, antes de llegar por completo.

Nada más llegué conocí el dolor. Un lunar de sangre mal puesto me sentenció a un espantoso tratamiento para quemarlo con hielo seco. Era eso o la esterilidad. Muerta de angustia y de miedo mi madre escogió lo primero. El dolor y el sufrimiento lo pasó ella. Jamás se le olvidó ese debut desgarrador en la maternidad. Se aguantó como buena macha. Se amaneció días y noches con su bebé gritando en sus brazos. Rezó cuanta plegaria recordaba, cantó cuanta canción se sabía, se deshidrató en lágrimas y sobrevivió. Sobrevivimos las dos.

Creo que por eso soy tan resistente a los dolores físicos y a los que no pueden palparse pero que nos encontramos en forma de tropezón. Tengo un detector que me avisa para brincarles por encima. Ignorarlos es una fórmula que me ha funcionado bastante, logrando ahorrarme un poco de llanto que guardo para ocasiones verdaderamente importantes. Siempre tengo dos opciones: o joderme o echar hacia delante. La segunda siempre prevalece, no importa cuánto me cueste.

Entré a los cuarenta con un muchachito en cada brazo, por no decir que en cada teta, y dos muchachitas agarradas de cada pata del pantalón. Era un cuadro gracioso; mi marido y yo tuvimos un espectacular comeback a la limpiadera de pipi y caca, a las amanecidas y al biberón. Dieciséis años después, un poco cansados sí, pero todavía con la batería bien puesta, la imagen se refleja mucho mejor. Hay dos mujeres acompañándonos y los muchachitos ya no están en cada brazo sino de pie a cada lado, uno en tennis y otro en crocs.

Pasado ya el medio siglo me siento espléndida. No entiendo por qué tanta gente esconde la edad o prefiere no decirla. A mí me parece una delicia pronunciar un año más de vida, de experiencia, de calle recorrida. Es más, se me llena la boca. La edad es una ventaja que tengo frente a todo aquel que es menor. Mi película es más larga. Y no es lo mismo un quince segundos que un cincuenta y seis segundos spot.
Los cincuenta tienen mucha magia. Saben a vida vivida y aprovechada. Los cinco sentidos se multiplican y te regalan momentos sensoriales en los que cada sentido se empata en un threesome con la mente y el corazón para registrar lo bueno como excelente y lo malo como peor. Un combo agrandado… ¡total maravilla!

Además, tienes la fortuna de que las cosas pueden roncarte la manigueta sin que a nadie le moleste porque todo el mundo te respeta;  y te reconocen el derecho ganado y sudado de hacer y pensar lo que quieras. Digo, por lo menos en mi caso. Nada más llegué a la cuarta década abrí la boca para opinar, más alto de lo que antes lo hacía, convencida de que al que le molestara, con mucho respeto, podía irse directo al carajo. Creo que me dan o por madura o por loca cada vez que cuento que me ha dado por escribir lo que me de la gana, como me da la gana y cuando me da la gana. Y ganas me quedan muchas todavía.

Si a los cuarenta te descubres, a los cincuenta te descubres mucho más.  Descubres que todavía puedes treparte en las tacas… que te queda balance para caminar… que el whiskey te sabe mejor… que el pellejo de los párpados sigue aferrado….que todavía le sometes a la salsa y que nada te impide reculear con el reggaetón…. que te importa mucho menos o casi nada lo que la gente piense… y que los pensamientos que se producen en tu cabeza suenan más sabios y tienen su propio valor. Te miras al espejo y te descubres… ¡¡¡me cago en diez!!!

Y no digo re -descubres porque es mentira. En los primeros treinta años ni caso que te hiciste. Te bebiste la vida casi al punto del ahogo y por default. Un día despiertas y tienes cuarenta y decides vivir esa nueva década a full power porque te das cuenta que de acuerdo a los estúpidos estudios científicos, estás a medio vivir. Pero dices náaaaa, qué va. ¡Do the hustle! Que ya me bailé el jala jala, la Macarena, la lambada, el Aserejé, el hasta abajo y vengaaaaa. Que venga el próximo que me lo bailo también. Y a los cincuenta te aferras a la Majestad Negra de Palés: “Por la encendida calle antillana va Tembandumba de la Quimbamba. Rumba macumba candombe bámbula…”,

He vivido mis años al máximo, relambiéndome cada logro y arrastrándome en cada fracaso. He utilizado mi capacidad de preocupación para lo que es preocupante y no para cuánta mierda se me atraviesa. Mantengo a raya los pensamientos que amenacen con empañarme mis días. ¿Acaso los pájaros se preocupan por qué van a comer? Válgale a cada día su afán,  que si fuera por los afanes, mi marido y yo estaríamos muridos, como dice mi hijo Antonio… pero requete muridos.

Pienso vivir a plenitud este año también… y los que me quedan, que tengo espacios libres y más que disponibles en mi agenda. No tengo tiempo para pendejadas, no. El tiempo que tengo es para vivir… es que me quedan todavía lágrimas y carcajadas a tutiplén para administrar una vida más si es necesaria. Tengo mucho que hacer en estos cuarenta y nueve, mucho que sentir y mucho que escribir. Y voy con los pies primero, tal y como me parió mi madre. Esquivando el dolor como buena macha, como ella me enseñó a sobrevivir. Con la vista fija en las cosas importantes…. Que lo demás es mierda queridos míos, pura mierda.

 

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