Cuarentaytantos de Uka Green: ¡La limpiadera final!


Limpiar es un arte para el cual no he nacido. Es una destreza motora que requiere un alto nivel de técnica, máxima sabiduría, y maña de la que se aprende en la calle. Es casi como bailar salsa, parece muy fácil pero no lo es. Yo no nací para limpiar. En materia de tareas del hogar podría decir que nací para cocinar, bueno, y para parir.

Pero tengo que hacerlo. Y lo hago mal, muy mal. Y lloro. Es que con cada lavada de baño voy purgando mis pecados, los de esta vida, los de las anteriores, y seguramente los de las siguientes diez.

Durante años he tratado de hacerlo con buena intención. Pero sufro de dislexia limpiativa y no hay forma que pueda remediarla o dar marcha atrás. ¿Cómo coño se hace para limpiar la bañera sin dejarse la espalda en la dobladora y las rodillas en la estregadera?

Una vez preparé una bomba para que el baño quedara bien limpiecito. Llené a medias la tina con agua caliente, derramé cloro y cuanto pote de limpiador tenía. Es más, si me hubiera topado con un pote de Lemisol, esa maravillosa invención dominicana que te deja la tota limpia, rozagante, y con fresca sensación de menta que en su etiqueta reza muy seriamente: “para la higiene femenina,” también lo hubiera echado en aquella sambumbia química que no explotó por misericordia de Dios.

Fue horrible. Aquella mezcla por poco me mató. Pude haber muerto por asfixia, tirada en el baño como una morsa. ¡Qué poco chic! Expirar en medio del inodoro, la bañera, y el bidet.  El recuerdo de aquella peste lo llevo grabado en una de las paredes interiores de la nariz. Era punzante, como amarillo brillante mezclado con rojo y naranja.

En mi adolescencia conocí a la prima de unos amigos que llegó a pasar unos días en la Isla con toda la fuerza y zandunguería de su origen neoyorkino. A ella le encantaba limpiar y a la mamá de mis amigos le encantaba que a ella le encantara limpiar. Jamás vi cosa igual. Con la radio a to’ jender en una emisora salsera aquella mujer iba bailoteando, levantando, y sacando todos los muebles de la casa. Los apiñaba en la marquesina y comenzaba el ritual de limpieza más limpio que he presenciado en mi puta vida.

O sea, pegaba manguera. Sí, manguera. En toda la casa. Comenzaba por el segundo piso, y mientras lo hacía, cantaba, con un desafine espantoso del que ella misma no se daba cuenta. Pasaba aquella escoba como ninguna otra amazona de las películas de domingo. Y con cada zarpazo de agua se regodeaba, se complacía.

Aquel chorro bajaba la escalera y se derramaba sobre el piso terrazo de pintitas negras. Entonces ella se colocaba en una pose que sólo la he vuelto a ver en una película de Rambo en la que Sylvester Stallone se encasquetaba una mochila en el pecho de la que extraía una metralleta para disparar de lado a lado, pa’ rriba y pa’ bajo, de cerca y de lejos.

Esa mujercita de pelo rubio pintado y carnes rechonchas y apretadas en su mahón a la rodilla disparaba hacia el piso y todas sus esquinas, el techo y todas sus esquinas, las paredes, los estucados, y si en vez de mirar por el cristal del sliding door nos hubiera dado por entrar y echarle una manita, nos habría disparado a nosotros también.

Lo mejor de todo era cuando encontraba alguna infeliz arañita en la pared intentando sobrevivir a una muerte por ahogo. Encontrarlas le daba un placer extraño que se le reflejaba en la cara. Las perseguía con la mirada y como buena cazadora, de repente “chás,” las apretaba con el dedo para luego aplastarlas con la uña. ¡Y qué uña, señores! Un garfio largo y rojo pasión. Yo me quedaba eleta mirándole las uñas tan bien limadas, pintadas a la perfección. A ella no la he vuelto a ver, pero estoy segura que esté donde esté, debe tener las uñas como tablón de expresión pública, llenas de florecitas, rayas, quizás con unas figuritas de hombre y mujer en posición deshonrosa que casi me provocaron un infarto al hojear un catálogo de uñas esculturales en un beauty. O quizás tiene la bandera de “Puelto Lico, sabe mami poque nosotroh lo niuyoricans noh sentimoh bien boricua, mami.”

He querido ser como ella. Pero no puedo, no lo llevo en los genes ni en la sangre. Me gustaría ser por lo menos como una vecina que cada noche lava su marquesina y la deja spic and span. O mejor aún, me gustaría que aquella muchacha viniera de visita a mi casa y le pegara manguera desde el segundo hasta el primer piso, pasando por mi marido, mis hijas, y mis hijos.

He intentado hacerme amiga de la limpieza, buscarle el aspecto positivo, tomarlo como ejercicio para las libras que tengo de más, agarrarle el truco al mapo, tomarlo como la flagelación a la que supuestamente se someten algunas sectas, y ofrecerlo en sacrificio por el bienestar familiar, por el futuro de mis hijos, por el hambre del mundo, por los niños huérfanos, por la aparición de Bin Laden, por los políticos que rigen la Tierra, y, por supuesto, que no puede faltar: ¡por la PAZ Mundial!

Pero he fracasado. Todo en la vida es del color del cristal con el que se mire y el mío está vilmente empañado, porque ni para pasar bien el limpiador de cristales sirvo. Limpiar es un arte para el cual no he nacido. Such is life my friends… such is life.

 

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