El Ginecólogo – Ay! – Uka Green


Nada peor que una visita al ginecólogo. La sola mención de la cita levanta solidaridad entre amigas. Carajo, me toca…. Me toca y me hurga, me escarba, me soba las tetas, me mete el dedo y corona la visita introduciéndome el espéculo.

Espéculo, que palabra tan fea. Tal parece que quien le puso el nombre al aparatito ese era un hombre, por supuesto, porque lo lógico es que – si de espetar se trata – le hubiera puesto espevagina u, okey, espetota.

Al ginecólogo TENEMOS que ir, pero no QUEREMOS ir. Retrasamos la cita, se nos olvida, le sacamos el cuerpo. Pero vamos, ni modo, vamos. Yo confieso que voy muerta de miedo. Hasta el último minuto estoy metida en el baño dándome lavados servi-carro y pasándome chubs. Luego voy rezando, rogándole a Dios en nombre de mis cuatro hijos que no se me suelte un escopeteo en la cara del doctor.

Entro a la consulta culitrinca, siempre preguntándome por qué ese sagrado recinto  siempre es tan frío, terriblemente frío. Me siento en la camilla estrujando el maldito papel que la cubre y que me recuerda que tengo el culete tan ancho que se lleva todo por el mismo medio. Intento ser chistosita y que el doctor sea feo. No es lo mismo abrir las piernas frente a un doctor feo que frente a uno bonito. No. Lo de chistosita es para entablar conversación y que pase más rápidamente el tiempo. Lo mismo que hago cuando estoy metida en un avión.

¿Será que no pueden inventarse una silla más comodita? Muslo pa’ quí, muslo pa’ llá. Y yo ahí, espatarrá como una gallina, con los ojos fijos en el espéculo. ¿Acaso el espéculo no puede ser de otro material? Helloooooo, ¿hay alguna regla escrita que dicte que tiene que ser de metal? El dichoso aparatito me recuerda unas pinzas de cocina que me regaló mi mamá, que vienen con un alambrito que las mantiene cerradas, si lo colocas arriba, y abiertas si las colocas al final. Las mías, de tanto uso, están desalambradas así que permanecen esplayás en una gaveta de mi cocina.

Speculum HipLatina

Veo al doctor en su ritual. Se coloca el guante y se embarra de ese gel que le hará la tarea más fácil y a mi más fría. ¿Y qué, cómo estás?, me pregunta mientras me mete la mano ahí, en ese lugar tan dentro de mis adentros. Pues bien, le contesto, aunque tengo ganas de decirle pues, aquí, jodida y patiabierta mientras usted me traquetea hasta el corazón con su mano y yo trincando el alma para que no se me suelte una retreta. Sabe doctor, estoy bien contentita y deseosa de que me espete el espéculo….. es que me encanta cuando entra cerrado y páaaaaaaa, se abre adentro.

Entonces le toca al  Q-tip, pero en versión agrandada, un palo de punta algodonada que mete y frota por ahí. O sea, tocada, hurgada y frotada. Válgame Dios. Busco en qué concentrarme, la mente se me va….. ¿Cómo llevarán los ginecólogos su vida sexual? Digo, porque si a mi ni fu ni fa los artistas, ya puedo imaginármelos a ellos viendo una vagina más. Vagina, qué fina que soy….. una totita más. Cuando hacen el amor, ¿aprovecharán para examinar a sus mujeres? ¿Tendrán en la casa, en el cuarto, escondido en la mesita de noche, un espéculo y un Q-tip?

Mejor no quiero saber. El ginecólogo es un hombre al que ubico única y exclusivamente en su consultorio. No me lo imagino en una cena de gala, yo de invitada y el tipo sin reconocerme, le tengo cara conocida…… ¿se acordará de mi nombre o seré una vagina más?

 

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