Lecciones aprendidas de la cocina argentina de mi madre


Olores deliciosos de la cocina argentina de mi madre evocan memorias vividas de mi niñez creciendo en Hacienda Heights en el sur de California. Cada mañana, me despertaba a las aromas emitiendo de la cocina de mi mamá, su salsa de espagueti hecha de tomates, albahaca, y orégano fresco recolectado de su jardín, hirviendo en la estufa y flotando por el pasillo hacia mi dormitorio. Ella horneaba empanadas y hervía latas de leche condensada en una olla grande de agua para hacer dulce de leche, un postre argentino de caramelo. Ella vivía muy lejos de su familia y extrañaba la comida casera que su madre le preparaba. Argentina fue su patria y lo que le dio un sentido de lugar en esta tierra extranjera fue su cocina argentina donde se saboreaba la comida durante muchas horas con vino—donde el tiempo se paraba en la mesa con su familia.

Cuando mi madre y padre vinieron a los Estados Unidos en los 1950, mi madre sufrió mucha añoranza de su país natal. Tenían 20 tantos años cuando decidieron escapar la opresión dictatorial del Presidente Juan Perón, la dificultad económica de la inflación alta y los empleos pobremente remunerados, y la desigualdad de género donde los hombres machos llevaron los pantalones. Vinieron a los Estados Unidos en busca de las libertades esperadas aquí y tuvieron la intención de establecer una vida buena.

Lo que más extrañaron de su país fue la comida. La carne frescamente picada y el pescado en los mostradores de vidrio, los quesos colgando en las ventanas del escaparate, pan caliente del horno, alfajores enfriándose en los estantes, y el olor del café muy hecho. Estas exquisiteces se vendían en las cuatro esquinas de cada barrio en Buenos Aires. Si hubiera una sola libertad que Argentina disfrutaba, habría sido la habilidad de llenar la panza. Había una abundancia de buena comida étnica y pocos en el país pasaban hambre.

Todavía se me hace agua la boca el olor de los platos de mi madre: su milanesa, sus ravioles con albóndigas, gnocchi (sus padres eran de Sicilia), chorizo a la parrilla, carne asada y hasta su yerba mate (una bebida argentina) la cual compartíamos por las tardes bebiendo y hablando sobre nuestros días.

Yo miraba mientras ella mezclaba, cocinaba, probaba, y nos regaló su cocina, sirviendo sobre la marcha un montón de lecciones aprendidas. Mi madre decía, “El dinero es la seguridad y la independencia.” Ya que ella tenía tan poco de niña, su principio rector fue tener bastante para mantener un estilo de vida básico y a la vez vivir independientemente. Nunca siguió ninguna receta. Aquí están algunas de las lecciones deducidas de mi madre sobre la comida y la vida:

  1. Confía en tu intuición, tu instinto, y todo va a salir bien. La vida te mostrará. Con mi madre, fue una prueba y error. Nunca tengas miedo de cometer un error. Cuando cocinaba, ella ahorraba, y planificaba, asegurándose de que tenía todos los ingredientes al mejor precio, con muchos sobrantes para la próxima vez.
  2. Prepara para lo que te espere. Cuando mi madre aprendía una receta nueva, siempre intentaba de nuevo y nunca se daba por vencido hasta que hubiera alcanzado un nivel de perfección.
  3. Saborea. Sigue saboreando la vida, hasta que tengas el resultado que quieres. A ella le encantaba poner una mesa bonita, si fuera para la familia, algunos amigos, o una fiesta grande. Le gustaba causar una buena impresión.
  4. Comparte tus regalos con los otros.

Ahora mi madre tiene 85 años y no cocina tanto. Mi padre padece de Alzheimer y está en un geriátrico; su motivación culinaria se fue con él. Ella vive sola con su perro adorable, Ángel. Yo le agradezco a mi mama que me haya enseñado a cocinar. Ella continúo sus tradiciones argentinas recordando las aromas de la cocina de su madre, enseñándome cómo hacer sus exquisiteces para mis propios hijos en mi hogar en Sonoma. La última lección es legar la historia de tus antepasados. Sus recuerdos estarán siempre en nuestros corazones.

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